Hoy en día se habla de la “industrialización de la agricultura”, en que los agricultores ya no realizan sus trabajos tradicionales (producir semillas y abonos, realizar la siembra y la cosecha, controlar malezas, etc.). La industrialización agrícola se ha acrecentado con la globalización y – al parecer – ya lo venían planificando las grandes empresas, con la implementación de la biotecnología y la ingeniería genética.
Este modelo ha provocado un proceso continuo de “modernización agrícola” donde la concentración de la producción es la regla. Las fases de producción de insumos, industrialización y comercialización son controladas, en su mayor proporción, por grandes consorcios económicos que definen la organización de la producción. La fase primaria presenta grados de concentración menor, como resultado de las trabas que ofrece la agricultura a la penetración del capital, aunque la tendencia es la misma que en el resto de las fases.
En este escenario de concentración es que aparecen las multinacionales, grandes corporaciones económicas, que se ubican en aquellos sectores de la cadena agroindustrial más lucrativos y que más influyen en la determinación de los procesos productivos. Así, se concentra en muy pocas firmas buena parte de la oferta de semillas, fertilizantes, agrotóxicos, maquinaria, entre otros insumos; al mismo tiempo que la industrialización, distribución y comercialización de los productos elaborados a partir de las materias primas del campo cae en manos de otro grupo empresas trasnacionales.
Las 10 principales compañías de semillas concentraron en el 2006 el 57% del mercado, mientras que en 1996 concentraban el 37% del mercado; por su parte, los 10 fabricantes de agrotóxicos más importantes acumulan un 84% del mercado mundial. En la fase de procesamiento de granos ADM, Cargill, Bunge y Louis Dreyfus controlan gran parte del mercado mundial; mientras que en la fase de distribución solo la Wal-Mart (la empresa que más factura en el mundo) controla el 8% del total de alimentos comercializados.
En este escenario aparecen las patentes como el principal mecanismo que garantiza la apropiación monopólica de la ganancia que produce una tecnología concreta (un herbicida, una semilla transgénica, etc.). De esta manera las transnacionales hacen lobby con los gobiernos de sus respectivos países, para que a través de la OMC presionen a todos los países del mundo a adaptar sus legislaciones estatales a los requerimientos de éstas. Lo que hace la patente es garantizar la exclusividad sobre el uso de una innovación por parte de su creador, obligando al pago de royalties (derechos de propiedad intelectual) a quien haga uso de ésta. Como ejemplo de ello puede señalarse la política de la transnacional Monsanto, que intenta cobrar una tasa no sólo a la semilla, sino a toda la producción mundial de soja transgénica.
Las economías sudamericanas, en un proceso de reprimarización exportadora, se han consolidado como productoras de materias primas, fundamentalmente de origen agropecuario; mientras que los países centrales (Estados Unidos, Europa, Japón) se han especializado en la producción de bienes con alto valor agregado. Es lo que se conoce como división internacional del trabajo.
Todo esto ha venido sucediendo desde fines de los 80 y principios de los 90 con la implantación del modelo económico neoliberal, caracterizado por la liberalización a ultranza de las economías en Latinoamérica y el Caribe (reducción de aranceles, subsidios y demás medidas proteccionistas) y el fomento de las exportaciones para hacer frente a una creciente deuda externa.
En este contexto avanza la reprimarización agro-exportadora. Latinoamérica es campo fértil para la producción de materias primas a bajo costo, con condiciones como la buena disponibilidad de recursos naturales, mano de obra barata y considerablemente mayor estabilidad institucional comparada con otros continentes como África.
A este escenario se han sumado los agrocombustibles como fuente alternativa de energía, dinamizando un proceso en el que las economías del cono sur comienzan a especializarse en cultivos factibles de ser transformados en combustibles (etanol y biodiesel) para abastecer la demanda de energía de los países centrales y/o sustituir derivados del petróleo en las economías nacionales. En el caso de la soja su uso para la producción de biodiesel (a partir del aceite de soja) es un factor directo que incrementa la demanda; además existe un factor indirecto, el desplazamiento de área de soja por maíz en Estados Unidos para producir etanol, que recoloca el área de soja en otras zonas del mundo, especialmente Sudamérica.
martes, 18 de noviembre de 2008
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